
Leer algo a un bebé es una forma de arte. Resulta fácil decir, “leedle algo a vuestro hijo”. Pero ¿qué es lo que debéis leerle? ¿Por qué debéis hacerlo? ¿Cómo? Primero, no le estáis enseñando a leer. No os compliquéis con identificación de letras, palabras o fonemas. Leerle al niño debe ser para relajarse y para crear un interés posterior en la página impresa, porque el niño se da cuenta de que los libros y las ilustraciones son elementos de diversión. Libros muy simples de figuras, en especial con animales en acción, son idóneos para empezar. El niño ha visto perros, gatos, pájaros y probablemente vosotros se los habéis señalado. Ahora se los podéis mostrar en la página impresa y hablarle de ellos. No estáis intentando enseñarle la ortografía de la palabra perro, sino que la imagen de un perro puede denominarse perro. Quizás el niño no produzca los sonidos exactos para decir correctamente la palabra, pero sea el que sea el sonido que use puede implicar un signo de reconocimiento.

Juegos lingüísticos. Descubriréis que vuestras actividades verbales son más formales durante este período. Este libro ya ha recalcado que las palabras deben estar acompañadas de actos, de modo que el niño elabore una lista de acciones con palabras aun antes de usarlas oralmente. Ahora las palabras le pueden comunicar, a través del tono de vuestra voz, si estáis contentos, excitados o enfadados con su comportamiento. Y podéis nombrarle los objetos aunque lo más probable sea que las palabras
3ue use cuando empiece a hablar (después de los ieciocho meses de edad, más o menos) sean nombres de objetos que se mueven o que reaccionan ante sus acciones. Por “reaccionan ‘ quiero decir que el niño puede hacer con ellos algo más que mirarlos o tocarlos. Muy pocos niños dicen “pañal” al principio, pero sí dicen “perro”.
Mediante los juegos y la rutina diaria, vosotros informáis al niño que los objetos poseen un nombre y que las palabras dicen lo que hay que hacer y expresan sentimientos. Por ejemplo, un crío de ocho meses puede seguiros con facilidad cuando le señaláis un sitio al tiempo que le decís, “Mira aquello”. El bebé comprende durante las comidas cuando estáis satisfechos y decís, “¡Muy bien!” elevando el tono de la voz. Las palabras se aprenden con acciones, no con ejercicios.

El niño empieza a resolver problemas simples: “¿Cómo consigo que venga papá o mamá?” “¿Cómo hago para meterme esa cosa en la boca?” Pero la respuesta a estas preguntas no siempre tiene que provenir de vosotros. El niño va descubriendo que esta semana puede hacer algo mejor que la pasada. La perfección de su capacidad motriz hacer que el cuerpo haga lo que el niño quiere- es sumamente satisfactoria y placentera. Por esa razón, el niño pasa gran parte de su tiempo de vigilia en acciones motrices. No sólo está aprendiendo dónde termina su cuerpo y empieza el mundo, sino qué poder tiene para conseguir que le respondan su propio cuerpo y el mundo en general. El niño descubre estas actividades y las disfruta cuando con ellas puede producir un efecto. Quizá por esta razón la actividad de la mano y luego el pulgar en la boca, dura tanto tiempo: el niño ha encontrado un acto placentero que puede realizar en cualquier momento.
Lo que resulta estimulante no es simplemente la presencia de personas u objetos, sino la relación que el niño descubre entre sus acciones y las acciones de la gente y de los objetos. Las acciones que le muestran al niño que puede hacer suceder cosas son acciones poderosas y estimulantes. Lo que está sucediendo es que el niño está haciendo acciones innatas -rooting, asir, mamar, mirar, escuchar- y las está poniendo juntas. Realiza combinaciones de esas acciones. Asir y mirar y mamar, por ejemplo, van juntas en la acción de objeto hacia la boca y dentro de ella. Aunque los movimientos son torpes, la práctica los va transformando en más duchos y eficaces. El niño practica no sólo porque el resultado (por ejemplo, meterse lo que sea en la boca) es placentero, sino porque también lo es el desarrollo de una creciente habilidad. En esas actividades, queda basada la competencia y el sentido de competencia.
También el niño está creciendo en otra clase de capacidades: la expresión de sentimientos. Alrededor de los dos meses, vuestro niño empieza a ser capaz de haceros saber que está contento. Hasta ese momento, podía comunicar su incomodidad por medio de llantos y pataleos, pero carecía de una forma clara de expresar placer. Los murmullos, los barboteos y los sonidos ininterrumpidos de vocales, más tarde la sonrisa social, son todas señales externas de deleite.