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    La responsabilidad de los hijos

    “Pero a Juan lo dejan hasta las once”
    No falla, el toque de queda es uno de los puntos más conflictivos. Precisamente por eso, explicarle por qué debe estar en casa a una hora determinada y sentarse a negociar con él como lo haríamos con un adulto es un buen comienzo. Como referencia, podemos hablar con los padres de sus amigos, aunque la decisión final siempre dependerá de la situación particular de cada familia (si vive en una gran ciudad o en un pueblo de cien vecinos, si está de vacaciones, si hay posibilidad de ir a buscarlo, etc.). En ocasiones especiales -su cumpleaños, la celebración de una buena nota, la fiesta de fin de curso…- podemos hacer una excepción y permitirle llegar un poco más tarde. Y no sólo porque se lo merece, sino porque así le ofreceremos la oportunidad de demostrarnos que de verdad es responsable.

    Aun así, hay unas cuantas normas básicas que no puede ignorar:
    1. Antes de salir, si es preciso, debe finalizar sus tareas pendientes, como terminar un trabajo, preparar un examen… o cumplir su aporte a la buena marcha de la casa (ordenar su habitación, hacer compras…).
    2. Tiene que decirnos con quién sale (en la agenda familiar deberían figurar los teléfonos de todos sus amigos) y, si es posible, indicarnos el lugar donde se lo puede localizar. 3. Siempre que sospeche que va a atrasarse, debe avisarnos.

    Desobediencia infantil

    Cuando eran aún más chiquitos, muchas veces también se resistían, sólo que era más fácil controlarlos. Entonces dependían mucho de sus padres y, por más que se rebelaran, mamá y papá los llevaban de la mano para casi todo: para lavarse también.
    Pero a medida que crecen, los chicos adquieren gran libertad de movimientos. Todavía les queda muy lejos la adolescencia, pero ya tienen mucha autonomía para dirigir su propia conducta. Precisamente esto les permite actuar muchas veces en forma contraria a sus padres. Esta es la edad en la que la desobediencia puede convertirse en un problema, y la limpieza es uno de los caballitos de batalla. Esperamos que se arreglen solos para su higiene personal, pero ellos no asumen con agrado esa responsabilidad.
    La broma del inicio sobre la evolución de nuestra especie no carece, después de todo, de cierto sentido. Durante su crecimiento y mediante la educación los chicos se socializan, es decir, van adquiriendo las normas de comportamiento imperantes en nuestra cultura.
    Y la higiene cuidadosa, tal como hoy la practicamos, es al fin y al cabo una adquisición reciente. Basta retroceder unas pocas generaciones o jenterarse de las costumbres de algún siglo atrás para ver que la higiene corporal no ha tenido siempre, ni mucho menos, una importancia prioritaria. Para decirlo claramente, un baño diario casi nunca ha sido lo más natural.

    Etapas en la infancia

    Existen teorias según las  cuales el chico atraviesa, a lo largo de su infancia, las mismas etapas que la especie humana ha recorrido desde que apareció en este planeta. Si esto es cierto, hay motivos para pensar que el último período, el que precede a la pu-. bertad, debió de corresponder en nuestra especie a una etapa particularmente apestosa. Que nosotros sepamos, aún no se han descubierto los fósiles del homo mugrientus, pero los paleontólogos no deberían perder la esperanza.
    “Algunas veces siento tentaciones de esperar a ver cuánta suciedad es capaz de acumular mi hijo Gonzalo en sus orejas, pero el espanto me obliga a reaccionar antes de que sea demasiado tarde y tengamos que llamar a un picapedrero.” ¿Exageraciones? Oigamos a otra mamá: “Mi hija me asombra. Si por ella fuese se bañaría sólo para su cumpleaños. Y habría que verlo, porque tengo serias dudas”.

    Autonomía en los niños

    Es lógico que a esta edad el pequeño ya no quiera seguir aceptando sin protestar que los demás decidan por él. Esto forma parte del desarrollo, de su deseo de mayor independencia y su necesidad de autoafirmación. El tiene una personalidad propia y también una opinión personal, que muchas veces no coincide con la de los padres. Además, a los chicos les gusta desafiar a los mayores, chequear los límites y descubrir hasta qué punto pueden manipularlos. Y hay otro factor que influye en su comportamiento contestatario: en torno a los seis años, los pequeños pueden tener reac-^. ciones desconcertantes, ya que todo parece irritarlos y cualquier nimiedad los hace explotar. Les encanta discutir, especialmente con la mamá, y a veces adoptan una actitud insolente y maleducada. • Hay que procurar guardar la calma. Si con su comportamiento el chico intenta provocar a los padres y éstos reaccionan poniéndose furiosos, habrá logrado su objetivo. Igualmente, por ingeniosas que sean sus respuestas, hay que mostrar indiferencia.
    • Tratemos de fomentar el diálogo y animémoslo a manifestar su disconformidad de manera respetuosa: “Por supuesto que uno puede decir cuándo no está de acuerdo con algo. Pero no en ese tono ni con esas palabras”.
    • Cuando no entienda el porqué de una decisión, hay que darle una explicación breve. Si tiene ganas de discutir, hacer oídos sordos y dejar las argumentaciones para después.
    • Para evitar que nos mande por sistema a freír churros, conviene transformar las órdenes en sugerencias (“¿Por qué no nos vamos todos a dormir?”) y elogiar al pequeño por sus virtudes (“¡Qué bien que hiciste tu cama!” o “Sin tu ayuda tardo mucho en hacer las compras”).
    • Hay que tener paciencia, calma y ser un poco transigentes. Se trata tan sólo de una etapa pasajera.

    A veces las cosas no son lo que parece entre niños

    Veamos lo que ocurrió con Malena, que quería un vaso entero de jugo de durazno. En la heladera sólo quedaba para medio vaso grande, así que, al verlo, la nena se negó a tomárselo. Pero su mamá, que se las sabe todas, echó el jugo en un vaso chico, y se lo llenó hasta arriba. Entonces Malena se lo tomó feliz y contenta. La cantidad no había cambiado, pero las apariencias sí.
    Lo mismo sucedió con Alan, a quien el recipiente de yogur le parecía pequeño. El papá lo colocó en un plato y lo esparció por todo el fondo. Alan lo comió encantado y dijo que se había llenado la barriga hasta arriba. Aquello debía de parecerle el milagro de los panes y los peces.
    Marcos no entiende por qué su hermano no tiene que dormir la siesta y él sí. Incluso puede rechazar inicialmen-te las explicaciones de su mamá, pero esto no quiere decir que ella deba renunciar a dárselas.
    Aunque los deseos del pequeño resulten contrariados y parezca no atenerse a razones, las explicaciones, en el fondo, contribuyen a que comprenda por qué es preciso hacer algunas diferencias. Ayudan a disminuir el malestar y los celos que pueden derivarse de estas situaciones, y a que al pequeño le parezcan menos injustas.
    Así que es necesario dar explicaciones, aunque puede ser que nuestro hijo no siempre las comprenda o acepte por completo; en todo caso es importante la actitud de no imponer nuestro criterio porque sí, sino de un modo razonado.
    Pero no conviene entrar en discusiones muy largas. Tratar de justificar las cosas no es una invitación a que los chicos las discutan sistemáticamente. A veces es divertido y positivo que expongan sus argumentos, pero dentro de ciertos límites. Si aprenden que protestar les sirve para forzar las situaciones, lo harán cada vez más. Cuando estemos seguros de que algo es justo debemos mostrarnos conciliadores, pero firmes y seguros.
    Un factor que puede provocar que los pequeños discutan todas nuestras órdenes es haberlos acostumbrado a obedecer a base de premios. Estos sobornos pueden tener el desagradable efecto de convertirlos en chantajistas consumados, impidiéndoles que se habitúen a obedecer de un modo natural.

    Educar a los padres

    Es preferible realizar todo esto sin enojarse.
    El chico aprenderá mejor si guardamos la calma. Está totalmente prohibido recurrir a los golpes o los manotazos.
    Basta con la aplicación consistente y sistemática del no acompañado de la retirada. Con el tiempo, el simple no será señal suficiente para que nos haga caso.

    Relación padre hijo

    Las mamas suelen pasarlo peor. Como el negativismo es una forma mediante la cual el chico quiere proclamar su independencia, lo manifestará más fuertemente frente a aquella persona de la que más depende para sus cuidados, y esa persona suele ser la mamá. Después de una jornada entera de luchar con él, mamá puede sentirse especialmente desanimada si luego el chico se muestra encantador con papá y todo son deseos de agradarle en cuanto él aparece por la puerta.
    Esta crisis de oposicionismo es natural, y hay que tomársela, de la misma manera que el nacimiento de los primeros dientes o el aprender a hablar, como una vicisitud normal de su desarrollo. Claro que, aunque uno sea consciente de eso, no siempre es fácil recordar las lecciones de psicología infantil cuando el pequeño tiene un día de los suyos, de esos de auténtico diablito.
    No obstante, también es cierto que saber que el negativismo es natural durante esta etapa les hará más fácil a los padres tolerarlo sin pensar que su hijo es un monstruo de maldad ni que ellos son incompetentes.
    Si se niega a hechos intrascendentes, como ponerse el pantalón verde o dar un beso a la abuelita, no pasa nada por dejarlo salirse con la suya. Sin embargo, cuando se trata de cuestiones importantes que afectan, por ejemplo, a su seguridad -dejar el cuchillo que agarró en un descuido nuestro o soltarse de la mano por la calle-, tenemos que permanecer firmes a toda costa.
    Es primordial no alterarse y dar al chico una pequeña explicación, pero también hacerle ver que no cabe discutir. En determinadas ocasiones puede estallar una sonada rabieta: no pasa nada. Debemos aprender a aguantarlas sin perder la calma. También son normales en esta edad y debemos contar con ellas.
    Pero sí hay algunos trucos que, a veces, suavizan el negativismo y evitan los enfrenta-mientos: sugerir en vez de ordenar, dejar pasar unos minutos antes de repetir una orden, conducir físicamente al pequeño con suavidad y halagos hacia la actividad que rechaza, avisarle con cierta anticipación cuando haya que cambiar de tarea, ofrecerle algo a cambio, darle algunas opciones cuando sea posible, elegir bien el momento…
    Cada una de estas pequeñas recetas es todo un arte y merecen ser meditadas y ensayadas a conciencia, porque a veces obran milagros. Y un detalle muy importante: más vale maña que fuerza. No entremos en disputas y retos y, mucho menos, recurramos a las amenazas. Al contrario, seamos flexibles, hábiles y persuasivos. No olvidemos nunca que atamos tratando con un chico.

   
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