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    Comportamiento niños 7 años

    Así que los niños, que están en el proceso de asumir las normas de la época en que les ha tocado vivir, aún no ven del todo claro eso de ser tan pulcros. Todavía no sienten la necesidad de agradar al otro sexo, y en cuanto a los amigos no hay problema: ninguno les va a echar en cara una mancha o un lamparón de más.
    A los siete años a muchos les repugna la simple idea de bañarse aunque, una vez dentro, hasta disfrutan del agua y tenemos que obligarlos a salir. Eso sí, conviene escudriñarles las orejas, el cuello, los pies…, por si acaso. También hay que ordenarles que se laven las manos antes de comer (y considerar sus protestas como una parte del ritual).
    A los ocho años las cosas no cambian mucho. Declaran con suficiencia que no necesitan bañarse…, porque ya lo hicieron ayer. Seguimos vigilando qué pasa detrás de las orejas y necesitan ayuda para cortarse las uñas. El lavado de la cara y las manos lo despachan con rapidez, un lavado de gato que no llega a muñecas y cuello, y ni jabón usarían si de ellos dependiese. A veces surte efecto decirles que hay que lavar el doble de ropa (por la suciedad que rápidamente pasa a cuello, mangas…) si ellos no se higienizan con más cuidado.
    A los nueve años su resistencia al baño ha cedido un poco y hasta llenan la bañera ellos mismos. Pero la revisión de zonas difíciles sigue siendo necesaria, y la limpieza de dientes aún les cuesta.
    A los diez, parece darse un recrudecimiento de la guerra. Huyen del agua y el jabón como un gato, y hasta se burlan de los compañeros que andan muy limpios. Pueden hacer excepciones para algún acontecimiento e incluso tienen temporadas en que se les da por la limpieza, pero no hay que confiar: al cabo de un tiempo vuelven a sentir la llamada de la suciedad. El lavado de dientes, el peine, la limpieza de uñas, les parecen un lujo, algo propio de gente maniática y extravagante.
    Es decir que los padres deben armarse de un poco de comprensión. Pero como es lógico que no quieran ver la casa convertida en una pocilga ni a sus hijos en la piara que la habita, alguna medida tendrán que tomar. Les podemos dar un doble consejo. El primero, resignarse a tener que supervisar la higiene de los chicos de esta edad y recordarles con cierta frecuencia los mínimos exigibles. Sería ideal que tanto nenas como varones se responsabilizasen de su higiene sin que nadie se lo recordase; pero como con la mayoría esto no pasa de ser una quimera, los padres no tendrán más remedio que convertirse en gendarmes de la salud pública. El segundo consejo es establecer mínimos razonables, pero irrenun-ciables. Por ejemplo, lavarse las manos antes de comer y siempre que usen el baño, así como un buen cepillado de dientes después de cada comida. Sin olvidar el baño diario, claro.

    Desobediencia infantil

    Cuando eran aún más chiquitos, muchas veces también se resistían, sólo que era más fácil controlarlos. Entonces dependían mucho de sus padres y, por más que se rebelaran, mamá y papá los llevaban de la mano para casi todo: para lavarse también.
    Pero a medida que crecen, los chicos adquieren gran libertad de movimientos. Todavía les queda muy lejos la adolescencia, pero ya tienen mucha autonomía para dirigir su propia conducta. Precisamente esto les permite actuar muchas veces en forma contraria a sus padres. Esta es la edad en la que la desobediencia puede convertirse en un problema, y la limpieza es uno de los caballitos de batalla. Esperamos que se arreglen solos para su higiene personal, pero ellos no asumen con agrado esa responsabilidad.
    La broma del inicio sobre la evolución de nuestra especie no carece, después de todo, de cierto sentido. Durante su crecimiento y mediante la educación los chicos se socializan, es decir, van adquiriendo las normas de comportamiento imperantes en nuestra cultura.
    Y la higiene cuidadosa, tal como hoy la practicamos, es al fin y al cabo una adquisición reciente. Basta retroceder unas pocas generaciones o jenterarse de las costumbres de algún siglo atrás para ver que la higiene corporal no ha tenido siempre, ni mucho menos, una importancia prioritaria. Para decirlo claramente, un baño diario casi nunca ha sido lo más natural.

    Niños con rabietas

    Lo importante es evitar toda posibilidad de elección, desafío o reto. De nada vale un discurso lleno de proscripciones y amenazas. Si nos alteramos o le prohibimos algo en forma altisonante, lo estaremos tentando. Tampoco sirve entrar en explicaciones y hablarle como a un igual. Lo mejor es la acción directa, ejecutada, eso sí, con tacto y serenidad. La constancia, la firmeza y la diplomacia son nuestras armas.

   
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