A veces las cosas no son lo que parece entre niños
Veamos lo que ocurrió con Malena, que quería un vaso entero de jugo de durazno. En la heladera sólo quedaba para medio vaso grande, así que, al verlo, la nena se negó a tomárselo. Pero su mamá, que se las sabe todas, echó el jugo en un vaso chico, y se lo llenó hasta arriba. Entonces Malena se lo tomó feliz y contenta. La cantidad no había cambiado, pero las apariencias sí.
Lo mismo sucedió con Alan, a quien el recipiente de yogur le parecía pequeño. El papá lo colocó en un plato y lo esparció por todo el fondo. Alan lo comió encantado y dijo que se había llenado la barriga hasta arriba. Aquello debía de parecerle el milagro de los panes y los peces.
Marcos no entiende por qué su hermano no tiene que dormir la siesta y él sí. Incluso puede rechazar inicialmen-te las explicaciones de su mamá, pero esto no quiere decir que ella deba renunciar a dárselas.
Aunque los deseos del pequeño resulten contrariados y parezca no atenerse a razones, las explicaciones, en el fondo, contribuyen a que comprenda por qué es preciso hacer algunas diferencias. Ayudan a disminuir el malestar y los celos que pueden derivarse de estas situaciones, y a que al pequeño le parezcan menos injustas.
Así que es necesario dar explicaciones, aunque puede ser que nuestro hijo no siempre las comprenda o acepte por completo; en todo caso es importante la actitud de no imponer nuestro criterio porque sí, sino de un modo razonado.
Pero no conviene entrar en discusiones muy largas. Tratar de justificar las cosas no es una invitación a que los chicos las discutan sistemáticamente. A veces es divertido y positivo que expongan sus argumentos, pero dentro de ciertos límites. Si aprenden que protestar les sirve para forzar las situaciones, lo harán cada vez más. Cuando estemos seguros de que algo es justo debemos mostrarnos conciliadores, pero firmes y seguros.
Un factor que puede provocar que los pequeños discutan todas nuestras órdenes es haberlos acostumbrado a obedecer a base de premios. Estos sobornos pueden tener el desagradable efecto de convertirlos en chantajistas consumados, impidiéndoles que se habitúen a obedecer de un modo natural.


