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    Aprender los niños a compartrir

    “Mío, mío”, grita Sebastián al observar cómo Iara le arrebata su triciclo solitario en un rincón de la plaza. Cada uno, por un extremo, sujeta el apreciado vehículo en una inusitada lucha de poder. Su mamá procura salvar tan lamentable situación: “Hijo, préstaselo un ratito, por favor”, le ruega mientras intenta despegar al chiquito del triciclo, pero él, obstinado, insiste en su decisión. ¿Por qué los niños tienen ese agudizado sentido de la propiedad? ¿Es que son avariciosos por naturaleza? ¿A qué se debe este comportamiento?
    Cualquier chico de dos o tres años puede actuar así, pero eso no significa que sea un egoísta consumado. Y es que el pequeño todavía no sabe jugar con otros chicos.
    Según Blanca Munguía, psicoanalista, “en principio, el chico no sabe distinguir entre su yo y su no yo. Para él, aprender a diferenciarlo supone un largo y complicado proceso. Y en el curso de esa fase, atraviesa una etapa de placer puro. Es decir, todo lo que le produce goce lo quiere incorporar y lo considera dentro de su yo. Y cualquier objeto que le causa displacer lo rechaza y lo asimila como su no yo. También es en este momento cuando empieza a aparecer en su vocabulario la palabra mío, pero no referida necesariamente a algo valioso. Para el niño, mío es todo aquello que le produce placer”
    Además, el bebé, cuando nace, se siente pequeño, indefenso y totalmente dependiente de sus padres. Sin embargo, a medida que transcurren los meses, va siendo más autónomo, es capaz de sostener su peluche, más tarde podrá gatear, después caminar… Hasta que a los dos años el chiquito ya sabe quién es y cuáles son sus cosas: conoce su cochecito preferido, su cama, sus botitas… Y considera que todo eso forma parte de él.
    Por este motivo, los padres debemos comprender ese exacerbado apego que nuestro hijo tiene por sus queridas pertenencias.

    A veces las cosas no son lo que parece entre niños

    Veamos lo que ocurrió con Malena, que quería un vaso entero de jugo de durazno. En la heladera sólo quedaba para medio vaso grande, así que, al verlo, la nena se negó a tomárselo. Pero su mamá, que se las sabe todas, echó el jugo en un vaso chico, y se lo llenó hasta arriba. Entonces Malena se lo tomó feliz y contenta. La cantidad no había cambiado, pero las apariencias sí.
    Lo mismo sucedió con Alan, a quien el recipiente de yogur le parecía pequeño. El papá lo colocó en un plato y lo esparció por todo el fondo. Alan lo comió encantado y dijo que se había llenado la barriga hasta arriba. Aquello debía de parecerle el milagro de los panes y los peces.
    Marcos no entiende por qué su hermano no tiene que dormir la siesta y él sí. Incluso puede rechazar inicialmen-te las explicaciones de su mamá, pero esto no quiere decir que ella deba renunciar a dárselas.
    Aunque los deseos del pequeño resulten contrariados y parezca no atenerse a razones, las explicaciones, en el fondo, contribuyen a que comprenda por qué es preciso hacer algunas diferencias. Ayudan a disminuir el malestar y los celos que pueden derivarse de estas situaciones, y a que al pequeño le parezcan menos injustas.
    Así que es necesario dar explicaciones, aunque puede ser que nuestro hijo no siempre las comprenda o acepte por completo; en todo caso es importante la actitud de no imponer nuestro criterio porque sí, sino de un modo razonado.
    Pero no conviene entrar en discusiones muy largas. Tratar de justificar las cosas no es una invitación a que los chicos las discutan sistemáticamente. A veces es divertido y positivo que expongan sus argumentos, pero dentro de ciertos límites. Si aprenden que protestar les sirve para forzar las situaciones, lo harán cada vez más. Cuando estemos seguros de que algo es justo debemos mostrarnos conciliadores, pero firmes y seguros.
    Un factor que puede provocar que los pequeños discutan todas nuestras órdenes es haberlos acostumbrado a obedecer a base de premios. Estos sobornos pueden tener el desagradable efecto de convertirlos en chantajistas consumados, impidiéndoles que se habitúen a obedecer de un modo natural.

    Niños pequeños

    También en estos meses, se expresan más abiertamente el amor y el cariño. El niño os abraza, pide que le lleven en brazos, os besa y acaricia. La imitación, las sonrisas y la búsqueda de intercambio social son todas las señales de que el niño goza en vuestra compañía.
    Se empieza a mostrar más curioso e interesado por juguetes nuevos. Aunque los bebés pueden ser recelosos, les atraen los juguetes nuevos. Para cuando cumplen un año de edad, disfrutan de las novedades y por lo general prefieren un juguete nuevo a uno viejo. Pero este viejo juguete bien conocido por él sigue siendo importante, en especial si se trata de un muñeco o muñeca que pueda ser transportado por el niño y con el que puede dormir. El juguete viejo le implica comodidad y el nuevo, atracción.

   
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