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    Llanto del bebé

    Esta experiencia puede llevaros una media docena de intentos, pero ayuda al niño a expresar su tensión por medio de un llanto de verdad (con lágrimas) y/o de furia. Luego, el niño puede relajarse en vuestros brazos.
    El niño “endurecido” o “rígido”, el que trata de soltarse del contacto con los demás, puede recibir ayuda con el siguiente procedimiento: pasad cinco o diez minutos con el niño de pie, es decir, alzando al niño por debajo de ambos brazos y manteniéndole la cabeza ligeramente hacia delante; se le hace mover de arriba hacia abajo, de un lado a otro en el espacio mientras lo tenéis frente a vosotros. Son-reídle. La mayoría de los bebés no pueden resistir este tipo de estimulación. Incluso en medio de una pataleta de furia, empiezan a sonreír y a resoplar alegremente. Con perseverancia en esta clase de ejercicios y haciéndolos siempre que queréis acunar al niño en vuestros brazos y le encontráis rígido, lograréis que relaje los músculos y se tranquilice.
    Algunos bebés presentan formas tan extremas de tensión muscular que el alivio producido por risas y sonrisas sólo es temporario. Si os encontráis con este caso, podéis moverle el cuerpo como si se tratara de un acordeón, es decir, podéis abrirle y cerrarle los brazos y las piernas suave y rítmicamente. Lo más posible es que el niño se enfade y berree, pero esto llevará al relajamiento y a una situación cariñosa. Cuando empieza a lloriquear, ayudadle cogiéndole en una postura cómoda y asegurándoos que no tiene cruzadas las manos ni los pies, ni que se tocan entre sí. Por lo general, el niño rígido junta las manos o cruza las piernas. Una vez más, con perseverancia, se le reduce la rigidez; el niño se vuelve más sociable -comprobaréis un comportamiento de su parte más risueño y cariñoso-, y, en consecuencia, empieza a disminuir la necesidad de esta clase de procedimientos. El bebé responde entonces a prácticas e interacciones normales con sus padres.

    Nuestro niño sigue llorando

    Todo debe ser hecho con moderación. No podéis usar siempre la norma de los noventa segundos y a veces parece que pese a todo lo que hacéis, vuestro niño sigue llorando. No os preocupéis si ocasionalmente ocurre esto. Es natural que así suceda porque tiene que haber momentos en que no tengáis el mismo ritmo que el niño. Recordad que vuestro niño de menos de un mes de vida está más influenciado por lo que sucede bajo su piel que por todo lo exterior. Vosotros actuáis más como gente que responde que como gente de iniciativa. El niño no os conoce ni sabe que vosotros tratáis de cuidarlo; de modo que no está tratando de molestaros, sino simplemente de satisfacer sus necesidades corporales.
    Si no podéis hacer callarle, haced que vuestro cónyuge lo intente (de cualquier modo, tenéis que turnaros) en caso que los dos estéis en la casa. Algunos bebés son difíciles de comprender y no podéis saber con facilidad lo que les está ocurriendo. Quizás, vuestra forma de responderle es lo que le provoca. De cualquier modo, no tratéis de convertir esto en un certamen. Otra persona cualquiera en un momento determinado puede estar más tranquila y el bebé darse cuenta de ello. Retirarse y poner un reemplazante debe ocurrir antes de que os sintáis que empezáis a enfadaros con vosotros mismos y con el niño.
    Parte de lo que estoy diciendo presupone que los dos miembros de la pareja son activos en el cuidado del hijo. Pueden ocuparse los dos, pero no existen normas que deben seguir uno y otro miembro. Eso convierte al hijo en una pelota de juego que se disputan dos equipos rivales. Un padre, o una madre, necesita ayuda, necesita tiempo libre, necesita el apoyo físico de su pareja. Cuando el bebé llora y la vida parece abrumadora y hay poca energía y malhumor, no es el momento idóneo para fijarle roles al padre y la madre. No convirtáis el llanto de vuestro hijo en una batalla lacrimógena.

    El llanto en los bebes

    El llanto es el medio de que dispone el niño para informaros de que algo está mal. ¿Qué hacer? ¿Con qué rapidez hay que reaccionar? Pronto os
    Eodréis dar cuenta del significado del llanto: hambre, temperatura inadecuada, humedades. Considerad el llanto como una señal. Ya que el bebé sabe que le respondéis únicamente si nacéis algo, una mirada a la distancia para ver si todo está en orden no lleva ningún mensaje al niño. Tratad de reaccionar con suficiente rapidez, aun cuando estéis en otra habitación. Fijad un límite de noventa segundos como máximo. Pensad en la rapidez con que contestáis el teléfono: ¡en noventa segundos se producen quince llamadas!
    Por lo general, la mejor respuesta es recoger y mecer al niño. Esto puede detener el llanto y en tonces, es posible que el niño abra los ojos y que os podáis mirar.
    Si la calma del niño sólo es momentánea, alimentarlo es el paso siguiente (suponiendo que ya habéis investigado el estado del pañal). Si la señal se debió a eso  tal como pronto podéis predecir al conocer el ritmo del niño-, la alimentación debe ser seguida por relajamiento y sueño.
    Sin embargo, algunos bebés no responden a que los cojan en brazos ni tan siquiera a ser bien arropados. Si vuestro niño está molesto y no funcionan como cura el tenerlo en brazos, la muda ni la alimentación, tratad de hacerle llegar un sonido continuo en voz baja. ¡En ciertos casos, el sonido del aspirador eléctrico les produce sueño!
    Algunos bebés muestran una tendencia a responder a varias cosas al mismo tiempo: mecerlos, tenerlos en los brazos y el canto en voz baja los calma cuando están hechos al unísono. Los bebés pueden responder al ritmo de vuestra voz apenas cumplidas unas dieciséis horas desde el parto. En las anticuadas nanas y en el viejo mecer a los niños, había (y hay) muchísimo sentido común.
    Una respuesta apropiada y rápida -la que detenga el llanto- calma tanto al bebé como a los padres. No significa de ningún modo malcriar al niño. Le capacita el cuerpo como fuente de señales, y, en realidad, hace disminuir su necesidad de llorar como medio de comunicación con vosotros en los meses siguientes. Empieza a crear en el niño una sensación de confianza en vosotros. No reaccionar, en vez de detener el llanto, lo aumenta en tiempo e intensidad (hasta que el bebé deja de hacerlo por agotamiento), os pone tensos a vosotros, y, por último, coloca tanto al niño como a vosotros, en campos rivales (“¡Ese bebé no me va a gobernar!”) e inicia una comunicación negativa.

   
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