Disfraces de carnaval

Es importante, por todo lo señalado, que el acto de disfrazarse sea hecho en libertad y por placer. No debe tomarse el asunto como una obligación o un mero trámite molesto. Si un niño no desea disfrazarse, no se lo debe forzar bajo ningún concepto. Sería una agresión por nuestra parte que le crearía resentimiento hacia nosotros y aversión a lo que pretendemos que le guste. Tengamos en cuenta que hay chicos más tímidos o a los que les cuesta ubicarse en el papel de otro. Se les puede proponer que participen de alguna otra forma, poniéndose sólo un sombrero o un antifaz o, sencillamente, mirando a los demás hasta que quieran integrarse en el juego.
Para tener tranquilidad, es imprescindible, además, recordar algunos puntos. Conviene consultar con el pequeño acerca de su disfraz y no imponer el que a nosotros nos conviene. Es posible que su elección nos deje algo perplejos, pero hay que tomarla con sentido de humor (incluso si quiere disfrazarse de queso o de persiana). Si lo que pide es impracticable, le podemos dar a elegir entre algunos atuendos originales.
Es fundamental que los disfraces sean cómodos y que permitan la movilidad del chico (y movilidad a esta edad significa carreras y volteretas). Además, tienen que ser resistentes para que no se les desarmen en el medio de la fiesta. Y algo muy importante: deben ser susceptibles de ser ensuciados sin que esto suponga una tragedia.
En este sentido no se recomienda confeccionar un traje que pueda atentar contra su alegría, como el de racimo de uvas hecho con globos inflados. Sí es recomendable el de estatua (túnica, sandalias y maquillaje blanco), el de astronauta (jogging gris, casco con un trozo de manguera o tubo de aspiradora, botas de lluvia y adornos de papel aluminio) o el de punk (con una bolsa negra de basura a modo de vestido.pins, alfileres de gancho, anteojos oscuros y pelo estirado con gel).
Muchas veces, al chico le gusta seguir disfrazado y maquillado hasta la hora de dormir. No nos pongamos rígidos y permitámoslo.

