Los problemas de la adolescencia

La adolescencia entra por la puerta y la paz familiar sale por la ventana. ¿Es inevitable?
Son las siete de la tarde de un viernes cualquiera. Nicole -13 años, borceguíes, pelo de colores, aro en la nariz- se desahoga a sus anchas con Jael, su mejor amiga. “‘¿Adonde vas con ese look?; ¿Te vas a encontrar con ese amigo tuyo tan raro?; Te quiero acá antes de las diez’ -imita a su madre con tono autoritario-. ¡Estoy harta. Mis padres son imbancables!”.
“Bueno te quejas de vicio -le contesta jael-. Los míos sufren de amnesia total. Menos mal que, de vez en cuando, yo les refresco la memoria. ‘Mira, ¿te reconoces? -le dije el otro día a mi papá. Con la melena hasta los hombros, vaqueros apestosos, barba desaliñada… ¡Estaba lindo en la foto!’. A mi papá no le gusta nada, pero yo lo disfruto. Antes se usaba eso’, me dice. ‘Claro, le dije yo, ¡y ahora, un aro en el ombligo!'”.
Los primeros síntomas físicos de femineidad o mascu-linidad en uno y otro sexo marcan el final de la niñez. En las nenas aparece la primera menstruación -entre los 11 y 13 años-; y en los varones -hacia los 13-, la primera eyaculación o polución consciente. Toda una revolución hormonal que arrasa con su mundo de niños, en el que se sentían tan seguros, y se despierta una catarata de emociones desconocidas. Su cuerpo cambia a una velocidad insólita y les cuesta asimilar esa imagen que el espejo les devuelve. De a ratos se sienten orgullosos (fisiológicamente ya son adultos); de a ratos, extraños y molestos consigo mismos y, en consecuencia, con los demás (¿esto es hacerse grande?).
De repente, su cuerpo les resulta grande.
Ellos dan un gran estirón y se ven desgarbados, con una voz en la que apenas se reconocen. A ellas también las inquieta verse diferentes, comprobar que los jeans del mes pasado han dejado quizá de quedarles como un guante.
Unos y otras empiezan a ver con ojos diferentes a sus compañeros del otro sexo, necesitan relacionarse con ellos y comprobar su capacidad de seducción. Todo este proceso se traduce a veces en cuadros depresivos leves, irritabilidad, conductas contestatarias o incluso agresivas… En cuanto sus padres les hacen el más mínimo comentario, saltan a la defensiva: “¡Déjenme en paz! ¡Ya no soy un bebé! ¿Es que siempre tienen que decirme lo que tengo que hacer?”
Parece que todo son quejas y reproches hacia los atónitos padres que, de golpe, se han convertido en los malos de la película. No son adultos todavía pero, evidentemente, han dejado de ser niños y exigen que no se los trate como a tales.
Para los padres no es fácil adaptarse a su inestabilidad. Los adolescentes tan pronto les reclaman su atención como los acusan de controlarlos demasiado. Quieren independencia, pero no son capaces de hacerse la comida solos o de ocuparse de su ropa. Reivindican que confíen en ellos, pero aún hay situaciones para las que no están preparados. Su nuevo papel, tanto en el ámbito familiar como fuera de él, los tiene tan desconcertados como a los padres sus constantes y contradictorios reclamos.
En realidad, lo único que pretenden, aunque no sepan explicarlo con palabras, es afianzar su identidad, y para eso necesitan diferenciarse de sus padres. Si hasta el momento siempre han seguido lo que decían papá y mamá, sin cuestionar su autoridad, ahora se opondrán a ellos en todo, aunque sólo sea por demostrarse a sí mismos -y de paso a sus padres- que tienen derecho a hacerlo.

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