Cuidado infantil

La pérdida de un niño en medio de la muchedumbre suele ser, por lo general, una situación pasajera de pocos minutos con un final feliz. Pero la angustia que sienten los padres (y el chiquito) durante la búsqueda no se puede expresar con palabras. Casi podría decirse que hay que vivirlo para entenderlo. ¿Ya son conscientes de los peligros? “Pocas veces lo he pasado tan mal como cuando Renata se extravió en el parque de diversiones el día de su quinto cumpleaños -nos cuenta su mamá-. Nos encontramos con unos amigos que tienen un bebé y me detuve a hacerle unas fiestas. Cuando me quise dar cuenta, la nena había desaparecido. Me puse tan nerviosa que apenas podía articular palabra en el mostrador de información. Menos mal que mi marido supo mantener la calma y dar una descripción de la nena para llamarla por los altoparlantes. A los diez minutos apareció llorando. Se había ido detrás de un payaso que repartía globos, pero después se asustó muchísimo al no vernos. No podría decir quién lo pasó peor, si ella o nosotros.” Hasta los cuatro años no podemos sacarles los ojos de encima porque se desorientan muy fácilmente y todavía no son capaces de comprender cómo pueden proceder si no ven a sus papas. “Durante esta etapa, el control debe ser fundamentalmente externo, desde los padres -explica la psicóloga de niños Mará Cuadrado-. A partir de los cinco años hay que procurar que el control sea interno, desde el propio niño, que debe saber qué hacer para no perderse y cómo actuar si eso le ocurre.” Algunos padres prefieren no alertar a sus hijos por un miedo irracional a traumatizarlos (“Si le digo que se puede perder, se asustará”). Esta actitud es errónea porque si el pequeño no está preparado y se extravía, se sentirá más desconcertado y sufrirá más. Entre los cinco y seis años ya tienen conciencia del peligro (saben que hay personas con buenas o malas intenciones, y entienden que no deben alejarse de sus progenitores); pero, sin embargo, no tienen suficientemente desarrollado el sentido de la orientación y se desconciertan fácilmente (en la calle hay muchos estímulos que captan su atención). Además, como ya no son tan chiquitos, los adultos les exigimos mayor autonomía (es bueno que lo hagamos), y nos confiamos más, por lo que resulta más fácil que, de repente, los perdamos de vista.

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