Ayudar a los niños

Si aprenden que por cada tarea o comportamiento correcto deben recibir un regalo, no nos extrañe luego que para todo exijan un pago, como si fuese una obligación.
Una cosa es recompensarlos de vez en cuando, para mostrarles nuestro reconocimiento o hacerlos sentirse orgullosos por portarse bien (o incluso para ayudarlos a pasar un mal momento, como ir al médico o soportar una inyección) y otra bien distinta poner precio a la obediencia. Los elogios y el reconocimiento verbal por el buen comportamiento funcionan mucho mejor como premio habitual.
Aunque algunos chicos se muestren tan puntillosos como Pamela, eso no debe hacernos pensar que hay que tratar a los hermanos exactamente igual. Por ejemplo, dándoles idénticos regalos y atenciones, sobre todo si tienen edad parecida. Si a uno se le compra un helicóptero amarillo, al otro igual. Si una nena recibe un vestido, la otra lo mismo, y de ser posible idéntico. Si uno se sienta en una rodilla de papá, el otro debe sentarse en la otra…
Esta rígida uniformidad suele cosechar efectos contrarios a los pretendidos, ya que los pequeños se convierten en celosos vigilantes que se pasan el día acechándose para que ninguno obtenga más que el otro, con lo que se acentúan la rivalidad y las peleas.
Cada chico es especial y único, con sus propias características como persona. No se trata de darles a todos lo mismo, sino a cada uno lo suyo. Esto no implica conceder privilegios ni tener preferencias, sino hacer sentir a cada hijo que es único para nosotros y que lo tenemos en cuenta como individuo.

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